Las mujeres de Waterhouse
by Andrea D. Morales



La bola de cristal, John William Waterhouse (1902)


Cuando alguien menciona al artista Waterhouse lo primero que visualizamos en nuestras mentes son esas figuras esbeltas, de rostros serenos, esculpidos en una belleza demoledora, de cabelleras etéreas y poses delicadas, acompañadas por escenarios tan románticos como bucólicos. Las protagonistas de las obras del pintor prerrafaelita se caracterizan por ser legendarias, y en este artículo vamos a profundizar un poco más en ellas.

Antes de entrar en materia creo necesario mencionar algo sobre el pintor en cuestión. John William Waterhouse (1849-1917) era hijo de artistas, y heredó de su padre, con quien compartiría oficio, el amor por la pintura. Su nacimiento en Roma parece ser que dictó una de sus temáticas favoritas puesto que, a pesar de que su estilo es casi inalterable, durante los primeros años se centra plenamente en el mundo clásico, mientras en su segunda fase se ve influenciado por la literatura. Es precisamente en estas mujeres, en sus historias y en su iconografía en las que vamos a ahondar.

La obra de Waterhouse es tan extensa que cuesta decantarse por un cuadro en concreto, en este caso trataremos los siguientes:

La dama de Shalott (1888, óleo sobre lienzo)


Elaine vivía encerrada en una torre, en un castillo de una isla, para más inri, rodeada por un río que fluía hacia Camelot. Su vida, bastante monótona, se basaba en el padecimiento de una maldición. La joven no podía vislumbrar el mundo exterior, así que usaba su imaginación y recreaba en su mente las escenas que observaba a través de un espejo que reflejaba una carretera hacia Camelot y a los transeúntes que por allí pasaban. En uno de esos días, Elaine, atenta a la superficie del espejo, se encontró con Lancelot ‒efectivamente estamos hablando de la leyenda artúrica‒, y quedó prendada de él.

Waterhouse recoge con sus pinceles el instante en el que la dama de Shalott, ataviada al estilo medieval, decide huir, una vez que la maldición ya se ha roto, y embarca en un bote río abajo con la intención de llegar a Camelot.

Pandora (1896, óleo sobre lienzo)

Todos conocemos la historia de la susodicha, la mujer creada por el dios Hefesto por orden de Zeus, con la finalidad de castigar a los hombres tras el regalo que estos habían recibido de Prometeo: el fuego. Pandora fue modelada con arcilla, concebida con una belleza similar a la de los seres inmortales, con gracia y sensualidad. Fue casada con Epimeteo, el hermano de Prometeo, y como regalo de bodas recibió un ánfora que tenía prohibido abrir. Los dioses, que habían dotado a Pandora de otros atributos como es la curiosidad, suponían que esta acabaría cediendo a sus impulsos, y cuando la joven abrió el ánfora liberó todos los males que los mortales no habían conocido hasta entonces, como las enfermedades. Una vez cerrado, lo único que quedaba en su interior era la esperanza. Es por esto por lo que usamos el famoso dicho «abrir la caja de Pandora» como sinónimo de atraer males.

Waterhouse representa con suma maestría ese preciso momento, Pandora arrodillada abre el arcón dorado y ojea en su interior, dejando escapar un hilillo grisáceo, que serían las maldades del mundo.

Penélope y sus pretendientes (1912, óleo sobre lienzo)

Otra historia mundialmente conocida, Penélope, esposa de Ulises, durante la ausencia de su marido debido a la guerra de Troya esperó el regreso de este, que se retrasó constantemente no solo por la larga duración del conflicto sino también por su odisea personal. A medida que el tiempo fue transcurriendo, Penélope fue amontonando una larga lista de pretendientes que deseaban no solo tomarla en matrimonio sino también ocupar el puesto de rey de Ítaca. Ella, leal a Ulises, se negaba a desposarse con otro hombre, así que cuando vio que ya no podía deshacerse de ellos y habían acampado en su palacio a sus anchas, optó por jurar que decidiría cuál de ellos sería su prometido cuando acabase de hilar una pieza con su telar. Para evitar esto, cada noche deshacía lo hilado ese mismo día, retrasando su avance hasta la llegada de Ulises.

En el cuadro de Waterhouse observamos a Penélope tejiendo, cortando con sus propios dientes el hilo que está utilizando, mientras se ve acosada por cuatro hombres, que intentan ganarse su amor con ofrendas y favores, joyas, flores y música. La reina de Ítaca les da la espalda, centraba en su labor, ignorándolos por completo.

Es innegable que la característica común entre estas tres protagonistas, Penélope y Pandora, de la cultura griega, y la dama de Shalott o Elaine, del poemario de Alfred Tennyson basado en la leyenda artúrica, no solo es su resplandeciente belleza, a la que el artista le hace tremenda justicia. Hay algo que va mucho más allá, son mujeres que tienen una fuerza titánica, la cual les permite seguir adelante a pesar de las adversidades, porque viven precisamente siendo sufridoras. La dama de Shalott está maldita, Pandora fue concebida para atraer el mal, y Penélope sufre el castigo al que los dioses someten a su esposo, por lo que también es castigada aunque de forma indirecta. ‒No estoy nada sorprendida de que nuestro género haya sido tan vapuleado por las tradiciones antiguas‒. El poder que ostenta cada una es diferente, pero importante en cualquier caso porque es lo que tienen en común, las une un hilo invisible pero bien tejido. Es una clara demostración de cómo las mujeres, que han sido concebidas como personajes taimados y a la misma vez envueltos en cierto aura de misterio y atractivo, cobran protagonismo en el Romanticismo.

Waterhouse también se encargó de pintar a otros personajes femeninos de poder, véase Cleopatra (1888), la última faraona del Egipto Ptolemaico que desafío a César; Ophelia (1889), la muchacha enamorada del príncipe Hamlet que acabó enloqueciendo; Circe ofreciendo la copa a Odiseo (1892), la hechicera de Eea que retuvo a Ulises, convirtiendo a sus hombres en cerdos; y así otras muchas.  


Andrea D. Morales

Created by Morgana Sanderson