La diosa Hécate
by María Fernández Beltran 




Olimpo


Hace más de dos mil años, esto ya pasaba…

El silenciamiento, la obligación de agachar la cabeza y no alzar nunca la voz, el menosprecio, el deber de permanecer siempre por debajo de la autoridad masculina, el tener que obedecer y no llamar demasiado la atención… No es nada nuevo. La sociedad no se ha vuelto patriarcal con los años, siempre lo ha sido.

El Olimpo vivió una época dorada, por supuesto. Fue gobernado por grandes dioses, y los héroes fueron aclamados por los ciudadanos, sus proezas fueron cantadas y los mitos sobre todos ellos viajaban de boca en boca a través de Grecia. Todo esto bajo el reinado del gran Zeus, el cual sería más tarde conocido como Júpiter. El mismo Zeus que mantenía una lucha de poder contra sus dos hermanos, Hades y Poseidón; y que vivía siguiendo la ley del más fuerte al pie de la letra. Un rey de morales muy dudosas, si se me permite opinar, incluso en un círculo marcado por el narcisismo como era el de los dioses olímpicos.

Hubo alguien que no formaba parte de la familia que habitaba el Olimpo, y que osó tener un poder inmenso. Un poder que se asemejaba a la Luna, y que al no estar ligada a la familia de Zeus, cometió el más grande error que alguien podía (y por desgracia, puede) cometer: ser libre, y disfrutar de su libertad.

Su nombre era Hécate, descendente de Asteria y Perses. Es decir, descendiente directa de los titanes. Podía ser considerada una Gran Diosa, pues no solo los griegos la habían adorado, sino también otras sociedades como Tracia o Alejandría. Hécate era una deidad, y no era para nada maligna, pues los niños eran bautizados rindiéndole honores. Los infantes eran entregados a entidades que no tuvieran relación con el inframundo. Entonces, ¿qué le pasó a Hécate? ¿Por qué la olvidamos después de condenarla?


Todo comenzó con Perséfone. Hades se enamoró perdidamente de ella y, haciendo gala de su condición de Dios Olímpico, la secuestró y se la llevó con él al mundo de los muertos. Todos los dioses sabían qué había pasado aquel día, y fueron completamente insensibles al dolor de Démeter, la madre de la joven. Todos temían plantarle cara a uno de los tres grandes del Olimpo, nadie que no fuera Zeus debía abrir la boca.

Hécate, que había vivido lejos del Olimpo y que por ella sola tenía poder suficiente para hacer lo que le apeteciera, bajó al mundo de los humanos para acompañar a su amiga en el sufrimiento que la pérdida de su hija le provocaba. Abandonó todos sus deberes como divinidad, como diosa de la noche y las estrellas, y prometió que liberaría a Perséfone aunque le costara la vida. Lo único que Démeter tenía que hacer era mantener la tierra infértil para presionar a los olímpicos.

Así que Hécate descendió a los infiernos y fue adorada por todos sus habitantes. Adoptó el rol de juez y castigó y purificó las almas malvadas, reinando cerca de Hades y demostrando su poder y su envidiable capacidad como gobernante. En la tierra, las leyendas sobre su buen trabajo y su compasión se extendían como la pólvora llevada por el viento. Los Olimpos castigaban a todo ser humano que osara poner el poder de Hécate por encima del de Zeus, el cual no estaba acostumbrado a ser cuestionado o menospreciado por nadie. Él sabía de sobras que alguien como Hécate, si seguía ganándose el favor de la ciudadanía, podía llegar a retarlo para quitarle el trono sin ser cuestionada por nadie, y que además, le vencería. Los griegos ya habían empezado a murmurar, muy bajito, en sus casas, sobre cómo Zeus se había aliado con el malvado Hades para doblegar la voluntad de una muchacha y cómo todos estaban pagando por ese capricho estúpido, sin poder recoger sus cosechas.

Hécate encontró por fin a Perséfone, retenida en el palacio de Hades y sintiéndose la más desgraciada de todos los seres vivos. Se compadeció de ella y se convirtió en su amiga más leal. Hécate le hablaba del mundo exterior, de su madre, de todo lo que había dejado atrás; escuchaba las lamentaciones de la reina de los muertos, y siempre conseguía hacerla sonreír.

Hades, por su parte, estaba cansado de que su mujer solo fuera feliz en presencia de la deidad que le pisaba los talones a todas horas durante su oscuro reinado, y de la fuerza que parecía estar obteniendo Perséfone para enfrentarse a él y a sus peticiones, por lo que fue a hablar con su hermano. Hades y Zeus acordaron separar a Hécate de Perséfone y de sus respectivas casas, también de todas las ciudades de Grecia. Una mujer no podía brillar como lo hacía ella, una mujer no debía brindarle a otra las ansias de libertad que ésta regalaba por allá donde pasaba. Todo había salido bien hasta entonces. Las diosas debían estar siempre por debajo de los dioses, las reinas tenían que ser conscientes de que lo único que debían de hacer por el reino era sonreír, mostrarse sumisas y permanecer calladas. Hécate era todo lo contrario a lo que una mujer tenía que ser. No estaba enamorada de nadie, y no tenía el deber de obedecer a ningún hombre o Dios.

Perséfone se negó a ser separada de su amiga. Gritó tanto que su voz resonaba en todos los rincones del inframundo, por muy lejano que se encontrara del oscuro palacio de Hades. La reina se hizo oír aquella noche en todas partes, aunque fuera solo como un lejano eco. No suplicó en ningún momento, ni se asustó o amedentró ante la furia y los gestos coléricos de su esposo. Amenazó que si Hécate dejaba su puesto como jueza de los muertos, no descansaría ante nada para hacer sufrir a Hades durante toda la eternidad. El gran Dios de la muerte descubrió en su mujer tantísima fuerza en ese momento que no quiso arriesgarse a su ira, por muy Dios que fuera, y acordó con ella que si Hécate tenía que irse, Perséfone podría visitar la tierra de los humanos durante la primavera. No se quedaría para siempre con Hades si a parte de él tenía que vivir completamente sola, por mucho alimento que hubiera tomado del Tártaro.


Perséfone corrió a buscar a Hécate y lloró desconsoladamente por el futuro que los Olímpicos habían decidido para ella. La Gran Diosa, que sabía que no tenía nada que hacer contra una sociedad entera, se resignó amargamente a su destino, y lo aceptó preparada. Abrazó a su amiga y le prometió visitar siempre que le fuera posible la casa en la que viviría con su madre durante su estancia terrenal. La Diosa de la noche y las estrellas se escondió, desde entonces, convirtiéndose en loba y viajando por todo el mundo. Escogió a unas afortunadas y afortunados para regalarles el don de la magia, porque creyó que los Olímpicos, con sus leyes retrógradas e injustas no merecían ser los únicos poseedores de poder sobre la tierra, y les prometió aparecer siempre en las encrucijadas y guiarlos hacia el camino correcto.

Desde todos sus escondites, vio los rumores extendidos por los dioses correr como la pólvora, observó todos los beneficios que le habían brindado siéndole retirados, y contempló cómo Hécate, la del dulce corazón, se convertía poco a poco en la Hécate oscura a la que los humanos empezaron a temer. Los niños que eran bautizados a su nombre fueron cambiados por sacrificios: actos terroríficos eran cometidos en su nombre. Artemisa, bajo el manto de Zeus, se convirtió en la versión luminosa de lo que Hécate se suponía que era, y Perséfone quedó relegada al papel de la eterna cautiva de Hades, con sus permisos anuales para saborear la libertad que sabía que nunca podría obtener plenamente.

De la noche a la mañana, Hécate se había convertido en un cuento para asustar a los niños, hasta que finalmente cayó en el olvido. Es un solo ejemplo más de cómo se nos ha castigado siempre en esta sociedad patriarcal por ser mujeres y defender nuestra libertad, y no solo eso: también por mostrar nuestro poder.

Querida compañera bruja, guárdame un secreto: Hécate sigue viva. Todas lo estamos. Y algún día ganaremos la batalla. Algún día podrás lanzar conjuros y demostrar que la noche es tuya. Mientras tanto, quiero darte la bienvenida al Aquelarre. Todavía no podemos prometerte el mundo, pero te prometemos la libertad. Te juro que ningún Hades te va a encerrar en el Tártaro, te prometo que ningún Zeus va a castigarte por no jurarle lealtad, te prometo que aunque el mundo todavía no esté preparado para las brujas, cada vez queda menos para que cojamos las escobas y salgamos volando y quememos los templos y las iglesias y el sistema entero que tantas veces ha intentado parar nuestro vuelo. Compañera, si te han dolido las mentiras dichas sobre Hécate como si fueran sobre ti, si te ha molestado su desgracia, empieza por aquí: habla sobre ella.

Contra el silencio, solo hay una única arma: la palabra.


María Fernández Betran


Created by Morgana Sanderson