La cacería de Salem
by Mercedes Fisteus



Los juicios de Salem


“Somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar”


Lema reivindicativo donde los haya, firma del movimiento feminista de este siglo. Hemos rescatado un capítulo negro de la Historia para renacer, pero… ¿qué sucedió realmente? ¿Cuánto hay de verdad en lo que abanderamos? Hoy vamos a contar lo que pasó sin maquillaje, sin tapujos y sin fantasía de por medio, pero con el toque mágico del narrador inmortal, de esas voces que reverberan cuatro siglos después. Este es el eco de la mayor cacería de brujas que la Historia ha conocido: la de Salem.

Para comprender lo que pasó, hay que situarse: finales del siglo XVII en lo que es hoy Danvers (Massachusetts), en el seno de una de las sociedades más puritanas que han existido, en una aldea llena de vecinos tan envidiosos como el de tu quinto derecha, y con una justicia casi inquisitorial.

Todo comenzó, irónicamente, en la casa del párroco: su sobrina y su hija comenzaron a experimentar ataques extraños y fueron diagnosticadas de brujería; alguna seguidora del Diablo las había hechizado. En un principio se culpó, cómo no, a la esclava extranjera que servía en ese mismo hogar: la famosa Tituba. Sin embargo, ésta acabó reconociendo que efectivamente era una bruja, para lograr salvarse de la horca. Porque sí, aquelarre, de aquella ya no quemaban a la gente sino que la ahorcaban. Y la vergüenza social era peor que el Infierno, por eso la confesión evitaba la pena de muerte pero equivalía al destierro.  

Más tarde, las niñas comenzaron a inculpar a más gente y el cruce de acusaciones se salió de las manos. Todo valía en los juicios orales: reacciones exageradas, sueños confusos, comportamientos obscenos, animales que hablan… ¿sabíais que entonces un perro negro se asociaba también con lo brujeril, y no solo el típico gato de este color?

Por supuesto, las primeras víctimas fueron las fáciles. Vagabundas (sí, en femenino), solteras que trabajaban en tabernas y se divertían, mujeres que vivían con hombres sin estar casadas o viudas que volvían a disfrutar de la vida. Pero no se limitaron a eso, pues la pesadilla acabó engullendo a personalidades respetadas, embarazadas e incluso hombres acusados de ser “jefes de las brujas”. Porque claro está, para acusar a un varón de algo así o tenía un idilio con una bruja o un poder sobre ella, puesto que eran ellos los que valían para liderar cualquier cosa.

Los jueces aceptaron cualquier manifiesto por escandaloso que fuese: supuestas apariciones, signos físicos que se asociaban remotamente con las brujas, meras sospechas u objetos dudosos que servían para las malas artes. Un lunar de más o la muñeca de tu hija eran susceptibles de acabar como prueba fiable.


¿Las razones que se barajaron para tan cruento fenómeno? Principalmente cuatro:

Un escarmiento por parte de las autoridades religiosas debido a conductas “inmorales”. Recordemos que entonces muchos de los jueces eran teólogos y habían impulsado su carrera desde este ámbito, siendo el puritanismo una rama radical del protestantismo.

Exacerbación religiosa de los creyentes que terminaba en locura con respecto a lo que era condenable.

Hongos venenosos en el centeno, causa de las supuestas alucinaciones que sufrían muchas personas, entre ellas las niñas del párroco.

Un peligroso juego de venganza: sobre todo de la familia Putnam, que a base de acusaciones se libró de muchos de sus enemigos o simplemente gente que detestaban.

Al final, la criba fue tan exagerada que el Gobierno acabó interviniendo, nombrando un nuevo Tribunal para dar fin a esos juicios que habían mermado la población a un puñado de almas en pena. Años más tarde, diversas personas confesarían sus propias mentiras, haciendo alarde del principio más característico del protestantismo: que hagas lo que hagas, si crees en Dios todo se te perdona.

¿La verdad? Probablemente haya más de una. La mentira, por el contrario, está clara. Pero al fin la hemos desnudado y con ello hemos dado a luz a un Patrimonio que siempre será nuestro.


Mercedes Fisteus


Created by Morgana Sanderson